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31. Visitante inesperado

  Después del incidente de las bragas, Miyu se quedó hasta tarde charlando con las anomalías, bombardeándolas con preguntas como:

  ?Dónde vivían antes de venir aquí? ?Duermen? ?Pueden comer comida humana? ?Cómo pueden hablar si no tienen boca?

  Solo cuando su inagotable curiosidad quedó satisfecha, decidió volver a su casa, dejando finalmente a Mochi sola.

  Varios minutos después de que Miyu se marchara, Mochi se dejó caer sobre el sofá. Ya era tarde para preparar algo casero, así que lo más fácil sería pedir comida. Mientras buscaba en su smartphone y revisaba distintos locales, las anomalías deambulaban por la casa, hasta que acabaron regresando a la habitación de siempre; al parecer, aún no se sentían cómodas estando cerca de humanos.

  Justo cuando Mochi estaba a punto de decidir qué ordenar, el timbre sonó.

  Ding—dong.

  —?Habrá olvidado algo Miyu? —murmuró mientras se levantaba del sofá y caminaba hacia la puerta—. Miyu, ?olvidaste alg…?

  Las palabras se le quedaron clavadas en la garganta al abrir la puerta.

  Quien estaba del otro lado no era Miyu.

  Era Haruka. Con dos cajas de pizza en brazos.

  —No soy Miyu, y no olvidé nada —dijo con una sonrisa suave y un tono algo bromista, avanzando mientras Mochi seguía en shock—. Vine a celebrar tu mudanza. El lugar es increíble —a?adió mientras recorría el departamento con la mirada.

  Mientras Haruka inspeccionaba cada rincón, Mochi entró en pánico interno. Normalmente estaría feliz de recibir una visita de Haruka… pero hoy era el peor día posible: las dos anomalías seguían en la habitación de al lado.

  Si Haruka las encontraba…

  No, no, no, NO… piensa, Mochi, piensa… se dijo a si misma.

  Necesitaba una manera de evitar que Haruka las detectara, y rápido. Haruka examinaba el departamento con atención; si seguía así, tarde o temprano llegaría a la habitación prohibida.

  —Haruka, primero comamos. Después te doy un tour completo. Si no, las pizzas se van a enfriar.

  —Oh, tienes razón. Acabo de volver de un encargo y no he comido nada desde la ma?ana.

  Haruka se sentó en la mesa del comedor y le dio un par de golpecitos a la silla junto a ella. Mochi entendió de inmediato la se?al y se sentó obedientemente a su lado.

  Mientras comía una porción de pizza, Mochi intentaba escuchar la historia del encargo de Haruka, pero su mente trabajaba a toda velocidad en un solo problema: evitar que Haruka percibiera el éter de las anomalías.

  ?Cómo podía hacerlo?

  No solo bastaba solo con evitar que la viera, con lo agudo que eran sus sentidos no tardaría en detectarlas.

  Siguió estrujándose los sesos hasta que llegó a una respuesta:

  Cubrirlo. Ocultar su presencia usando mi propio éter. Como una manta.

  Sin pensarlo dos veces, se concentró y envió una onda de éter fuerte, lo más potente posible, para saturar la habitación.

  —Sabes, resulta que la anomalía se escondía en un bosque y atacaba cuando… —Haruka iba contando su historia, tranquila, cuando de pronto se detuvo para mirar a Mochi con una expresión entre sospecha y desconcierto, como preguntando ?qué estás haciendo?.

  —Solo estoy practicando —dijo Mochi rápidamente—. Recuerdas que me dijiste que lo hiciera siempre que pudiera.

  —Ya veo… es bueno que te tomes tan en serio tu entrenamiento —respondió Haruka, aunque su tono dejaba claro que no estaba completamente convencida.

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  Mientras Haruka retomaba su relato, Mochi seguía enviando poderosos pulsos de éter cada pocos minutos, como una especie de cortina de humo improvisada.

  Entonces, de un momento a otro, Haruka cambió de tema… y de tono.

  —Dime, ahora que vives sola… ?invitas a otras mujeres a quedarte hasta tarde en la noche? ?Te has vuelto una chica mala en los días que no te he visto?

  Sonaba como una broma, pero no era una broma.

  Mochi soltó una risa nerviosa mientras pensaba:

  Definitivamente está molesta…

  Terminaron de comer y se acomodaron en el sofá para ver una película. Mochi apagó las luces, dejando todo a oscuras.

  La sala quedó en penumbra, iluminada únicamente por el suave resplandor del televisor.

  En la pantalla, dos chicas se despedían bajo la lluvia, mirándose a los ojos con una sonrisa que dolía.

  Mochi intentaba disimular el nudo en la garganta; no le gustaban las películas tristes, pero sabía que a Haruka sí. Por eso la había elegido, esperando calmar un poco su enfado… y parecía haber funcionado.

  Haruka se había ido acercando poco a poco, hasta que sus hombros terminaron rozándose. Al final, apoyó la cabeza en el hombro de Mochi, abrazando su brazo con suavidad. Ninguna dijo nada. Solo el murmullo de la película llenaba la habitación.

  Cuando los créditos comenzaron a rodar, Mochi parpadeó varias veces, notando la humedad en los ojos. Haruka, en cambio, parecía en paz, con una peque?a sonrisa.

  Pasaron unos minutos más así, en silencio, hasta que Mochi recordó de golpe algo crucial: hacía rato que no emitía su pulso de éter.

  —?Ah, cierto! —susurró, dejando fluir de inmediato su energía por la habitación.

  Un leve zumbido recorrió el aire… y entonces la voz grave del ojo resonó desde su cuarto:

  —??Podrías dejar de hacer eso, condenada mocosa?! ?Me estás mareando!

  El silencio que siguió fue glacial. Mochi quedó congelada con una sonrisa rígida.

  —Eeeeh… jeje… el televisor —improvisó—. Sí, sí, dejé el televisor encendido en mi habitación. Voy a apagarlo, ya vuelvo.

  Sin esperar respuesta, saltó del sofá y salió disparada, dejando atrás a una Haruka con expresión confundida y una ceja levantada.

  Entró a la habitación donde estaban las anomalías y se dirigió directo al ojo, que estaba subido sobre unas cajas. Lo agarró y lo sacudió mientras susurraba con rabia contenida:

  —Los que deberían parar son ustedes dos. ??No ven el esfuerzo que estoy haciendo para mantenerlos ocultos!? Si Haruka los descubre será su fin. ??ME ENTENDIERON!? ?Haruka no puede saber de ustedes!

  —Ya lo sé.

  La voz de Haruka sonó justo detrás de ella.

  Mochi se dio la vuelta lentamente y la vio parada en la puerta, brazos cruzados.

  —

  Habían pasado varios minutos desde que Mochi fue descubierta.

  Haruka estaba sentada en el sofá, aún más enfadada que antes. Frente a ella, Mochi se encontraba en posición de seiza, con las dos anomalías a cada lado. Desde fuera parecían tres ni?os rega?ados disculpándose por portarse mal.

  —Perdón, Haruka… no quería ocultártelo. Solo… solo quería encontrar una buena manera de decírtelo.

  —Mochi —respondió Haruka con un tono frío—, realmente te has vuelto una chica mala. No solo invitas a mujeres a tu casa hasta tarde, también me ocultas cosas. ?Qué más estás escondiéndome?

  Mochi frunció ligeramente el ce?o internamente.

  "?Todavía está enojada por eso…?" pensó, preguntándose por qué Haruka se había molestado tanto por la visita de Miyu. Quería preguntarlo, pero temía empeorar la situación, así que decidió dejarlo pasar. Había problemas más urgentes ahora mismo.

  —Haruka, estas anomalías son inofensivas —dijo Mochi, girándose hacia ellas—. No representan ningún peligro para nadie, ?cierto?

  Las anomalías asintieron tan rápido que parecían temblar. No sabían exactamente qué estaba pasando, pero sí entendían que su vida dependía de ello.

  —?Y cómo sabes eso? ?Cómo estás tan segura de que no son peligrosos como para vivir con ellos?

  Las palabras de Haruka dejaron a Mochi en silencio, incapaz de responder. Entendía perfectamente su punto: había dejado que dos anomalías se quedaran en su casa. Se había puesto a sí misma en peligro. Esta vez todo salió bien… pero podría haber terminado diferente.

  Quería disculparse con calma, explicarlo bien, pero con Haruka tan enfadada, no serviría de nada.

  Por suerte, Mochi conocía un método infalible para calmarla.

  Respiró hondo, se acercó lentamente hasta quedar justo frente a ella y, antes de que Haruka pudiera apartarse, tomó sus manos entre las suyas.

  Haruka dio un peque?o sobresalto.

  —?Q-Qué… qué haces? —preguntó con una voz más aguda de lo normal.

  Mochi no respondió. Dio un paso más, acercándose hasta que Haruka pudo sentir su respiración cálida en la piel.

  Sus ojos se encontraron.

  —Perdón, Haruka… —susurró con una sonrisa suave—. No quise ocultarte nada, lo juro. Solo… no sabía cómo decírtelo.

  —M-Mochi…

  —No volveré a hacerlo. Te lo prometo. Así que… ?podemos estar bien otra vez?

  Haruka intentó mantener la compostura, pero el leve temblor en sus manos la delató. Su corazón latía rápido y su rostro se te?ía de un rubor evidente.

  —Tch… de verdad… —murmuró, desviando la mirada con torpeza—. Siempre haces esto…

  —?Eh? ?Hago qué? —preguntó Mochi, genuinamente perdida.

  —E-esto… —balbuceó Haruka, retirando una de sus manos pero sin lograr apartar del todo la otra—. Acercarte tanto…

  Mochi parpadeó.

  —Pero si siempre funciona, ?no? Cuando estás así y te tomo de la mano, te calmas —dijo con una sonrisa inocente.

  Haruka suspiró, rindiéndose. Su enojo se había esfumado por completo.

  —Eres imposible… —murmuró casi inaudible.

  —?Entonces ya no estás enojada? —preguntó Mochi, inclinando la cabeza con expresión de gato arrepentido.

  —…No —respondió, apartando la vista, aunque una peque?a sonrisa traicionó su intento de dureza—. Pero si vuelves a ocultarme algo, de verdad que me enfadaré. ?Entendido?

  —?Prometido! —dijo Mochi alegre, sin soltarle la mano.

  Haruka notó que sus manos seguían unidas y, resignada, dejó escapar una peque?a risa.

  —Suelta ya… si sigues así voy a pensar que lo haces a propósito.

  —?Eh? ?El qué? —preguntó, sin entender nada.

  —Nada… olvídalo. Y asegúrate de no volver a ponerte en peligro así.

  Mochi, aliviada de haber calmado el último enfado de Haruka, se sentó de nuevo junto a ella en el sofá. Todo parecía volver a la normalidad…

  Hasta que el ojo abrió la boca.

  —Pfff… “peligro”, dice. Los únicos que vivimos en peligro somos nosotros. Esa chica casi nos mata por unas bragas transparentes.

  Mochi se congeló en el acto.

  —?Ojo, cállate!

  Pero ya era demasiado tarde.

  Haruka, que estaba cruzada de brazos con tranquilidad, levantó la mirada muy, muy despacio.

  —?Bragas… transparentes?

  El ojo, ajeno a la tensión que estaba a punto de partir el aire, siguió:

  —Sí, hoy mismo. Cuando estaba con esa otra mujer.

  La temperatura cayó en picado. El aire se volvió blanco, visible, como si una nevada fuera a comenzar dentro de la sala.

  —O-tra mujer —repitió Haruka, con una voz tan calmada que daba más miedo que si hubiese gritado.

  Mochi tragó saliva.

  —H-Haruka, puedo explicarlo…

  Demasiado tarde.

  En un parpadeo, Haruka estaba encima de ella, empujándola contra el sofá. No fue violento, pero sí firme. Mochi quedó boca arriba, atrapada, sin posibilidad de escapar.

  Haruka la miraba con una expresión seria, intensa… y sus ojos brillaban de una forma que Mochi nunca había visto antes.

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