El grupo de tres terminó de cenar.
A pesar de que Haruka había insistido en que no exageraran con la comida —era necesario racionar los suministros en caso de que el aislamiento se extendiera más allá de los tres días—, frente a ellas había aparecido un banquete casi tan abundante como el de la noche anterior.
Ninguna se quejó.
Después de todo lo ocurrido, comer algo caliente y sabroso era un peque?o consuelo. Las tres comieron hasta quedar completamente satisfechas.
Una vez terminada la cena, quedaba una única tarea pendiente: organizar los turnos de guardia.
Por ahora, la estrategia era clara. Defenderían la posada únicamente si alguna anomalía se acercaba demasiado. Si detectaban presencias en el exterior, se limitarían a observarlas sin atacar activamente. No podían permitirse gastar energía innecesaria ni caer en posibles trampas.
Tras discutirlo durante un rato, llegaron a un acuerdo.
En un principio, Haruka quería dividir la noche en tres turnos iguales, uno para cada una. Sin embargo, terminó cediendo ante la insistencia de Mochi y Miyu.
Solo ellas dos harían guardia.
Haruka dormiría toda la noche y solo sería despertada en caso de emergencia.
Era lo más lógico. Haruka poseía la mayor capacidad de combate; mantenerla descansada era, estratégicamente, la mejor decisión.
Haruka suspiró, resignada.
—Recuerden: no abandonen la posada bajo ninguna circunstancia. Revisen las ventanas constantemente. Si ven algo afuera, limítense a observar. Y si notan cualquier cosa extra?a, por mínima que sea, despiértenme de inmediato. Manténganse alertas y no se distraigan. ?Entendido?
—Sí, sí, mamá, ya lo sabemos —respondió Mochi con una sonrisa cansada mientras empujaba suavemente a Haruka hacia el futón—. Ahora a dormir.
Haruka intentó protestar, pero Mochi fue implacable.
—Ustedes descansen tranquilas —a?adió Miyu—. Yo me encargo del primer turno.
—Te lo encargo, Miyu. Y ven a despertarme cuando toque el cambio —dijo Mochi—. No intentes quedarte más tiempo del necesario.
Miyu asintió y salió de la habitación.
El silencio cayó inmediatamente.
Solo se escuchaba el crepitar de la le?a ardiendo en la estufa. Afuera, el viento aullaba con violencia, golpeando las paredes de la posada. Sin electricidad, la habitación permanecía casi a oscuras; la única iluminación provenía del fuego, que te?ía todo con un suave tono anaranjado.
Aun así, el frío seguía filtrándose lentamente.
Haruka se deslizó dentro de su futón. Justo cuando iba a cubrirse con la manta, Mochi se incorporó de repente desde el suyo.
—Haruka… hazte a un lado. Déjame espacio. Tengo frío… compartir futón será más cálido.
Haruka se quedó inmóvil, sorprendida.
Normalmente era ella quien terminaba invadiendo el futón de Mochi.
Asintió en silencio y se desplazó hacia un lado.
Mochi no entro al futón de inmediato sino que se quedo de pie junto al futón, tragó saliva.
Tomó aire profundamente, armandose de valor.
Con un movimiento rápido, desató el nudo de su bata.
La tela se abrió, revelando el delicado conjunto de ropa interior que llevaba debajo.
No era la primera vez que Haruka la veía con poca ropa; habían compartido ba?os innumerables veces. Sin embargo, esta vez el ambiente era distinto.
Los ojos de Haruka se abrieron con sorpresa.
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Un leve rubor apareció en sus mejillas.
Mochi se congeló.
La idea había surgido como un impulso: quería poner nerviosa a Haruka… tal vez provocarla un poco. Pero la valentía que la había llevado hasta allí desapareció de golpe.
La vergüenza la alcanzó.
Se quedó inmóvil, sin saber qué hacer.
Durante un segundo eterno ambas se miraron.
El rubor subió por el cuello de Mochi.
Y entonces, incapaz de soportarlo más, se lanzó dentro del futón de un salto, cerrando la distancia y envolviendo a Haruka en un abrazo fuerte.
—?Esto lo vi en un programa de supervivencia! —soltó Mochi, con la voz ahogada y nerviosa—. Así mantenemos mejor el calor. ?Lo hice por eso!
Haruka, todavía aturdida por lo ocurrido, tardó unos segundos en reaccionar. El cuerpo cálido de Mochi presionando contra el suyo era una presencia dulce y abrumadora a la vez. Intentó inclinar la cabeza para verle el rostro, para adivinar qué estaba pensando, pero Mochi lo tenía firmemente enterrado en su pecho, ocultando cualquier expresión.
Con un movimiento lento, Haruka deslizó la gruesa manta sobre ambas, envolviéndolas por completo.
Inhaló sin querer el aroma suave y ligeramente dulce de Mochi, y el rubor que ya te?ía sus mejillas se intensificó.
—Mochi… —susurró Haruka, con voz suave—. ?Por qué te enfadaste conmigo ayer? Al final no supe qué hice. Dímelo. No quiero hacer nada que te moleste.
Mochi permaneció en silencio durante un largo momento. Su agarre alrededor de Haruka se tensó, como si luchara contra algo que no sabía cómo expresar. Finalmente, respondió con un murmullo renuente, casi perdido contra la tela de la bata.
—…Por el masaje.
—?No te gustó? —preguntó Haruka, confundida.
El abrazo se hizo aún más fuerte.
—No… —la negativa fue tan baja que apenas pudo oírla.
—?Qué dijiste? Repite, Mochi.
Hubo un breve titubeo. Luego, en un hilo de voz:
—Estaba celosa… de que también lo hicieras con Miyu.
Haruka sintió que el aire se le atascaba en los pulmones.
—?Ce-celosa?
Antes de que Haruka pudiera procesarlo, Mochi se movió bruscamente.
—Debemos dormir —cortó, forzando un tono práctico—. Pronto me tocará hacer guardia. Tú también duerme.
Se hundió aún más contra su pecho, negándose a mirarla, escondiendo el rostro que ardía como un tomate.
Haruka permaneció en silencio unos segundos, esperando. Intentó insistir, pero Mochi no respondió. Incluso empezó a fingir que dormia.
Al final, Haruka se rindió.
Cerró los ojos… pero no dejó pasar la oportunidad de devolverle el abrazo. Rodeó a Mochi con cuidado, atrayéndola apenas un poco más hacia sí.
El cuerpo de Mochi reaccionó con un leve estremecimiento.
No estaba dormida.
Haruka no dijo nada. Solo sostuvo el abrazo con suavidad.
—
En una habitación diferente de la posada, el ambiente era completamente distinto.
Genzou y Ume permanecían frente a la cama donde yacía el cuerpo de su hija.
Rin.
Su rostro tenía una expresión serena, libre de cualquier rastro de angustia. Casi parecía que podría despertar en cualquier momento y abrir los ojos.
Pero no lo haría.
Ume estaba arrodillada junto a la cama. Sus sollozos eran roncos y quebrados; llevaba horas llorando sin descanso. Con ambas manos sostenía la de Rin, esa mano que ya no le devolvía calor ni presión. El agarre de Ume era desesperado, como si pudiera darle vida a través del contacto.
La habitación estaba en silencio, salvo por su llanto.
Genzou permanecía sentado en una silla de madera, en la esquina de la habitación, inmóvil.
Parecía una estatua tallada en piedra.
No había lágrimas en sus ojos, solo una mirada vacía, clavada en el espacio entre él y la cama. Su mente se negaba a aceptar lo que veía. En cualquier momento, pensaba, el terror se disiparía. Despertaría sobresaltado al amanecer, y Rin bajaría corriendo las escaleras, quejándose de que tenía hambre.
Solo era una pesadilla.
Tenía que serlo.
Fue entonces, una voz surgió desde las profundidades de la habitación.
No provenía de la puerta. Ni de la ventana. Ni de ningún punto concreto.
Parecía emanar de la oscuridad.
Era una voz extra?a, profunda, con un gorgoteo húmedo, como si quien hablaba estuviera sumergido bajo el agua.
Ume dejó de sollozar.
Genzou parpadeó.
Ambos alzaron la mirada hacia la esquina opuesta. Allí, habia algo.
No podían distinguir rasgos.
Solo una silueta alargada, antinatural, cuya forma parecía fucionarce con las sombras.
—Soy Mizuchi —anunció la voz con una calma perturbadora—. El guardián de estas aguas. La deidad que vela por este lugar.
Un escalofrío recorrió la espalda de Ume.
Mizuchi-sama.
La deidad local. El protector del lago. Aquel a quien se dejaban ofrendas en festivales y se rezaba en épocas de sequía.
La mente de Genzou, aún aferrada a la lógica, luchaba por reconciliar la figura mítica de los cuentos con la presencia opresiva que ahora llenaba la habitación.
La voz cambió entonces.
Se volvió extra?amente dulce.
Una melodía grave y pegajosa que parecía deslizarse por sus oídos y resonar directamente en el interior de sus cráneos.
—Sé lo que han perdido… y sé lo que desean.
Ume apretó con más fuerza la mano fría de su hija.
—Puedo devolverles a la ni?a.
La oferta cayó como un rayo en medio del silencio.
Durante un instante, el aire pareció desaparecer de la habitación.
Era imposible.
Era absurdo.
Y, aun así…
Una necesidad feroz de creer floreció en el pecho de ambos. Un impulso irracional, desesperado. Si existía una mínima posibilidad, aunque fuera una ilusión, querían aferrarse a ella.
él estaba allí para devolverles lo que se les había arrebatado.
—Ahora mismo, mi poder está mermado por la furia de la tormenta —continuó Mizuchi, con voz casi hipnótica—. Necesito fuerza. Un peque?o tributo para poder conceder el milagro.
La silueta pareció alargarse apenas, como si se inclinara hacia ellos.
La voz se volvió más grave y profunda.
—Necesito tres vidas. Tres sacrificios. Entréguenme tres almas… y yo les devolveré a su hija.
Las palabras no sonaron como una amenaza sino como una promesa.
Y eso era lo verdaderamente aterrador.
Tres vidas.
Matar a alguien.
Ume y Genzou se miraron instintivamente. La promesa era demasiado dulce pero la condición, demasiado atroz. Una chispa de razón gritaba en el fondo de sus mentes: aquello no era una bendición.
Era un pacto con el diablo.
Mizuchi pareció percibir su vacilación.
chasqueo sus dedos.
Entonces, sucedió lo imposible.
El cuerpo de Rin, pálido e inerte, se movió.
Sus ojos se abrieron de repente.
Ume dejó escapar un jadeo ahogado.
Rin se incorporó lentamente en la cama, tambaleándose como si le costara sostener su propio peso. Sus manos, heladas y rígidas, se extendieron hacia su madre.
—Mamá… tenía mucho frío… —susurró con una voz débil, quebradiza.
El grito de Ume quedó atrapado en su garganta mientras se abalanzaba hacia adelante, los brazos abiertos, desesperada por abrazarla.
Pero antes de que pudiera tocarla, todo terminó.
Como una marioneta cuyos hilos hubieran sido cortados de golpe, el cuerpo de Rin cayó hacia atrás. El brillo en sus ojos se apagó. La piel perdió cualquier vestigio de vida.
Volvió a ser un peso muerto sobre el colchón.
El silencio posterior fue insoportable.
—Consíganme tres vidas… —dijo Mizuchi, ahora sin dulzura alguna—. Y se la regresaré de verdad.
Ume se desplomó junto a la cama, sollozando con una desesperación renovada. Había probado el sabor del milagro… y se lo habían arrebatado en el mismo instante.
Genzou no pronunció palabra.
Pero sus ojos ya no estaban vacíos.
Se levantó con lentitud y caminó hacia el armario de la esquina. Lo abrió con un golpe seco y sacó una vieja escopeta de doble ca?ón, la misma que usaba para la caza en invierno.
La colocó sobre la mesa.
Sus manos temblaban mientras abría la caja de cartuchos.
Uno.
Dos.
El sonido metálico al introducir la munición resonó en la habitación.
Nadie respondió a Mizuchi.
Pero la elección ya estaba clara.
Apenas terminó de cargar el arma, un suave golpe resonó en la puerta.
El pomo giró.
La puerta se abrió, dejando entrar una ráfaga de aire frío del pasillo.
Era Kaori.
La joven tenía el rostro marcado por la preocupación. Sostenía dos cuencos humeantes entre las manos.
—Se?or Genzou… se?ora Ume… —dijo con suavidad—. Estaba preocupada. Les traje un poco de sopa de miso caliente. Deben comer algo.
Dio un paso dentro de la habitación.

