A pesar de que Donovan se había tomado la molestia de aplicar sus artes curativas sobre mi coxis, un hormigueo fantasmal persistía allí donde el hueso seguramente se había astillado contra el suelo empedrado de los callejones de Zalas. Era un recordatorio punzante de mi propia torpeza al saltar desde tan alto con la única protección de un hechizo que apenas controlaba, un latido de dolor que marcaba el compás de mi respiración mientras trataba de concentrarme en las palabras de Kaelas. No sé en qué momento exacto el Tengu había terminado de explicarnos la ubicación de la mansión del noble, su voz graznida se había convertido en un ruido de fondo, desplazado por el zumbido de mis propios pensamientos.
Me obligué a mirar el mapa extendido sobre la mugrienta mesa. Zalas. Denominarlo pueblo era una generosidad injusta, era una peque?a ciudad dise?ada con la fría disposición de una rueda de carreta. El anillo exterior, donde la miseria y la alta densidad del grueso de la población se hacían un nudo asfixiante, rodeaba los sectores más privilegiados. Una vía principal, una cicatriz de comercio, atravesaba casi todo el trazado urbano, esquivando únicamente los dos anillos interiores donde el poder se atrincheraba tras muros de piedra y privilegios.
Según las indicaciones del hombre pájaro, nosotros nos encontrábamos en el tercer anillo interior que, por una de esas ironías arquitectónicas, también funcionaba como el tercer anillo exterior. Un anillo intermedio. Lugar destinado para los innumerables almacenes de comercio tanto de objetos, como de personas... Perdona estas absurdas divagaciones geográficas, pero cuando uno siente que el suelo está a punto de abrirse bajo sus pies, tiende a fijarse en los detalles más irrelevantes para no volverse loco, eso si no lo estoy ya...
La vía principal, a mi derecha según el mapa, lucía marcada por el del comercio, pasando de largo a los distritos prohibidos para gente como nosotros, si quieres hacerte una idea, es como ver un pastel redondo cortado en dos partes de las cuales una es mucho mayor que la otra. La ruta fronteriza en cambio, cruzaba por el anillo exterior.
Observando el mapa, me dí cuenta que en algún momento, la reunión había acabado, Kaelas hablaba en susurros urgentes con su grupo de rebeldes, trazando líneas invisibles con los dedos ganchudos sobre el espacio que le separaba de sus compa?eros mientras les explicaba algo. Un poco más allá, Sigrid conversaba con Donovan. Podía ver la tensión en los hombros de la herrera, seguramente discutían cómo afrontar el suicidio colectivo que se nos venía encima.
Y luego estaba yo. Solo. Como siempre.
Observaba las manchas de grasa sobre el mapa y sentía cómo los pensamientos intrusivos empezaban a colonizar mi cerebro como una plaga.
<> La pregunta me golpeó con la fuerza de un mazo. <>
Escapé de la Universidad buscando libertad tras la muerte de mi padre, pero solo había encontrado diferentes formas de perder el tiempo. Me sentía perdido, un náufrago en un mar de acontecimientos que no podía navegar, dejándome llevar por una corriente que me arrastraba hacia un abismo que yo mismo había ayudado a cavar. Mirar ese mapa era como mirar mi propia vida, un laberinto de calles que no llevaban a ninguna parte, una serie de círculos concéntricos que siempre terminaban devolviéndome al mismo punto de miedo y soledad, realmente, nunca tuve un lugar...
Algo tiró de mi camisa.
El contacto fue leve, casi imperceptible, pero me hizo dar un respingo. Al girarme, me encontré con dos grandes ojos verde esmeralda que me observaban desde abajo. La ni?a elfa estaba allí, de pie, con las orejas apuntando hacia el suelo en un gesto de abatimiento que me encogió el corazón. Su peque?o rostro estaba contraído en una mueca de preocupación pura, una intensidad que no correspondía a alguien de su edad.
—?Qué pasa? —le pregunté, intrigado y con una suavidad que no sabía que yo mismo poseía.
—Está preocupada.
Me sobresalté al escuchar la voz a mi espalda. No me había dado cuenta de que alguien se había acercado tanto mientras yo me hundía en mi propio fango mental.
—No ha podido escoger clase aún —continuó la voz, con un deje de melancolía—, pero estoy seguro de que sería una gran Maga Blanca. Sus dotes naturales son... inusuales me temo.
Me quedé un poco absorto ante sus palabras. La sorpresa me había pillado con la guardia baja, una sensación peligrosa en un sótano lleno de desconocidos que olían a miedo y desesperación. Aquel individuo se había mantenido fundido con las sombras de la columna hasta ese preciso instante, no me había dado cuenta de que se trataba de un elfo oscuro. Su piel cenicienta, similar al del color del humo, contrastaba de forma violenta con su cabello de un blanco níveo, casi espectral.
Love this story? Find the genuine version on the author's preferred platform and support their work!
Sus ojos eran dos pozos negros, carentes de pupilas, que parecían absorber la escasa luz de los candiles que iluminaban la estancia. Por algún motivo que no alcancé a comprender, me estremecí. Me di cuenta de que me había quedado mirándole en silencio, con la boca entreabierta, como un idiota que ve un fantasma por primera vez. Seguramente pensaría que soy un bicho raro, un mago de pacotilla que se asusta de su propia sombra, así que traté de recuperar un poco de dignidad carraspeando con fuerza.
—?Preocupada, dices? —solté, intentando quitarle peso a una situación que se estaba volviendo asquerosamente incómoda. Sacudí la cabeza para espantar mis propios demonios y estiré la mano hacia él—. Perdona. Me llamo Gustab.
—Lariz —contestó él. Su apretón de manos fue firme, pero su piel estaba inusualmente fría—. La joven parece ser muy perceptiva. Llevo un rato observándola y parece que capta los sentimientos de la gente, solo se ha despegado de tu amigo, para acercarse a tí.
Observé intrigado a la peque?a. Al igual que Eril y Aril, se trataba de una Alta Elfa. Su piel pálida y su cabello dorado brillaban en la penumbra del refugio como un faro en mitad de una tormenta de mierda.
—Siento si te he preocupado —dije, bajando la vista hacia ella. Me sentí peque?o bajo su mirada verde esmeralda—. Pero tendría que ser yo el que se preocupara por ti. Deberías estar descansando, no vigilando a un tipo raro como yo.
Forcé una sonrisa, una de esas muecas de cartón que uso cuando quiero fingir que todo está bajo control, y puse mi mano sobre su cabeza con torpeza.
—?Cómo te encuentras? —le pregunté.
La ni?a no respondió con palabras. En su lugar, tomó mi mano entre las suyas, unas manos diminutas, aún manchadas de la mugre de la posada y sangre de su agresor, y la abrazó contra su pecho con una fuerza que me resultó desesperada. Fue entonces cuando vi cómo las lágrimas empezaban a brotar de sus ojos, deslizándose por sus mejillas como gotas de cristal.
Cuando esas dos esferas de jade me devolvieron la mirada, no vi a una ni?a asustada. Vi mi propio rostro reflejado en sus pupilas. Pero no era el rostro del cuarentón calvo de mi disfraz, ni siquiera el del joven fugitivo de la Universidad. Era algo más profundo. Algo roto.
<
>, pensé, sintiendo un frío punzante en la boca del estómago. En ese momento comprendí la verdadera vocación de aquella cría. No era solo empatía. Desterré el nudo que se me estaba formando en la garganta, y la abracé con fuerza. Sentí sus peque?os hombros sacudirse contra mi pecho. Lariz se sorprendió, dando un paso confuso hacia nosotros, como si no estuviera acostumbrado a ver a un humano mostrar algo parecido a la ternura en un lugar como aquel.
—Tranquila —le susurré al oído, sintiendo el calor de su llanto empapar mi camisa—. Todo se solucionará. Te lo prometo.
—Sabía que me salvarías —me respondió ella, con una voz tan peque?a que parecía que el aire se la iba a llevar—. Pero no quería que lo hicieras. No quería... porque sabía que, si no lo hacías, solo me dolería a mí. Si venías...
Me quedé helado. Aquellas palabras no eran las de una ni?a. Me separé un poco para mirarla a esos enormes y bellos ojos, y esta vez sonreí sin esforzarme. No era una sonrisa de alegría, sino de calma.
—No te preocupes —le dije, acariciándole el pelo—. Esta noche todo acabará. Se terminó de huir y esconderse. Y mira... —Se?alé con la cabeza hacia Donovan y Sigrid, que seguían absortos en sus propia combersación—. Ellos viven en un pueblo muy bonito, lejos de aquí. Si quieres, podremos ir allí después de que todo esto pase. Un lugar donde nadie te hará da?o.
La ni?a asintió entre lágrimas, soltando mi mano muy despacio, y se alejó dando peque?os pasos hacia atrás, sin dejar de mirarme hasta que las sombras del sótano se la tragaron de nuevo.
—?Qué ha sido eso? —preguntó Lariz a mi lado.
El elfo oscuro tenía los ojos como platos, fijos en el rastro de la peque?a elfa que acababa de desaparecer tras la silueta del minotauro. Se quedó estático, como si intentara procesar un idioma que solo la peque?a y yo habíamos entendido. Al mirarle por encima del hombro, la luz de una llama cercana arrancó un brillo mortecino de un colgante que le colgaba del cuello, una calavera de hueso, tallada con una precisión quirúrgica que me revolvió las tripas a causa de los viejos recuerdos.
—?Eres nigromante? —le solté, yendo directo a la yugular de la combersación.
él asintió con un gesto confuso, una mezcla de orgullo herido y sorpresa. Inconscientemente, su mano enguantada se cerró sobre el colgante de hueso.
—?Sabes maldecir un cuerpo en vida? —continué.
Lariz abrió la boca para interrumpirme, quizá para soltar alguna objeción moral o alguna advertencia sobre los riesgos de la magia prohibida, pero no le di tiempo. Metí la mano en mi faldón y saqué una esfera del tama?o de una naranja, con una textura cerosa que recordaba al sebo rancio. En su interior, atrapada en un letargo que desafiaba las leyes de la naturaleza, palpitaba una mancha oscura. Se la mostré a la altura de sus ojos negros.
—?Te atreves a revivir a un dragón? —le pregunté.
El elfo oscuro se quedó de piedra. Sus ojos se clavaron en mi mano, hipnotizados por la criatura comprimida que yo sostenía. No tenía ni idea de cómo estaría aquel ser después de tanto tiempo reducido a la mínima expresión, aplastado por la fuerza de mi propia magia trasladando su materia a otra dimensión. Podía ser una bestia deforme o un montón de carne muerta, pero en ese momento, con el eco de las palabras de la ni?a elfa vibrando en mis oídos, valía la pena correr cualquier riesgo, probar cualquier cosa.
Los dos nos miramos. Y una mueca retorcida que no presagiaba nada bueno para nadie apareció en nuestros rostros.
En ese momento, me di cuenta de que, por primera vez en toda esta mierda, desde que me llegó la noticia de la muerte de mi padre, en mi cabeza todo cobraba un orden logico. Estaba pensando en la destrucción. Estaba pensando en que, si el mundo quería devorarnos, yo le iba a dar algo que no podría digerir.
Miré a Sigrid y a Donovan una última vez antes de centrarme de nuevo en el mapa con mi nuevo amigo. Ellos tenían un hogar al que volver, y yo tenía este momento de claridad absurda. Yo no tenía lugar en este mundo, pero esos ojos se merecían un hogar.
Era hora de sembrar el caos. Y si para ello tenía que despertar a una pesadilla de escamas muertas y comprimir el mundo, que así fuera.

