Haruka avanzaba por el bosque completamente sola.
Al principio había caminado junto al grupo de búsqueda, todos intentando dar con el paradero de la desaparecida Rin. Pero en cuanto encontró una mínima oportunidad, se adelantó y se separó del resto. No fue un impulso: había percibido, aunque de forma vaga, la presencia de anomalías a la distancia.
A su alrededor, la nieve comenzaba a acumularse, cubriendo el suelo y apagando cualquier rastro del camino. Haruka avanzaba con cuidado, alerta a cada sonido, a cada sombra entre los árboles, mientras intentaba localizar el origen de aquellas presencias que había sentido antes.
En condiciones normales, habría sabido con precisión cuántas anomalías había y dónde se encontraban.
Pero no ahora.
La enorme cantidad de éter en el ambiente enturbiaba por completo sus sentidos, haciendo casi imposible determinar números o ubicaciones exactas. Para empeorar las cosas, aquella nevada no era natural: la propia nieve estaba cargada de éter, saturando el entorno y volviendo inútil cualquier intento de percepción precisa.
Con cada paso que daba, la nevada se volvía más intensa y la temperatura seguía descendiendo sin piedad.
Haruka exhaló lentamente, sintiendo un leve alivio por no haber permitido que Mochi la siguiera. Aquel entorno era demasiado peligroso para ella. Por suerte, Haruka poseía una gran resistencia al frío; ese clima extremo no representaba una amenaza real… al menos no para su salud.
De pronto, se detuvo.
—Salgan —dijo con firmeza—. Sé que están aquí.
Como respuesta, el bosque devolvió un sonido antinatural.
Ksssh… ksssh… ksssh…
Una risa seca y cortante, casi como un gemido quebrado, resonó entre los árboles. Segundos después, dos enormes anomalías emergieron desde detrás de los troncos.
Tenían la apariencia de grandes simios, del tama?o de un gorila. Uno empu?aba un tosco garrote de madera; el otro cargaba una gran hacha de aspecto rudimentario.
Ambas fijaron sus miradas en Haruka.
Sonreían.
Una sonrisa torcida, sádica, con la baba escurriéndoles por la boca mientras avanzaban hacia ella con total tranquilidad. Se empujaban entre sí, como si discutieran en silencio quién tendría el derecho de quedarse con la presa que tenían enfrente.
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Haruka los observó sin moverse, su expresión calmada y fría.
—Parece que estoy subestimada aquí.
Haruka pudo percibir con claridad el nivel de ambas anomalías. No había dudas: las dos rondaban el rango B.
No era un enfrentamiento que pudiera tomarse a la ligera.
Decidió ser cuidadosa… y atacar primero.
Con un movimiento rápido, sacó su abanico desde el interior de la manga. Sin perder un solo segundo, lo agitó con fuerza, liberando una ráfaga de viento helado que se lanzó directamente contra los simios.
Esperaba, como mínimo, herir a uno de ellos.
Pero no ocurrió.
El simio del garrote reaccionó con una velocidad sorprendente. Alzó su arma y descargó un golpe brutal que colisionó de frente con la ráfaga de viento. El impacto provocó una explosión. Incluso el propio simio tuvo que retroceder varios pasos, tambaleándose.
El otro simio, el del hacha, lanzó un rugido ensordecedor.
Parecía que, por fin, habían decidido tomarse a Haruka en serio.
Sin dudarlo, salió disparado hacia ella, avanzando a toda velocidad con la intención de alcanzarla de un solo golpe.
Haruka no perdió la calma.
Agitó el abanico hacia arriba y, al instante, surgió frente a ella un muro de nieve compactada. La anomalía cargó sin pensarlo, estrellándose contra el muro y destrozándolo con un poderoso golpe de su hacha. La nieve salió disparada en todas direcciones, levantando una cortina blanca que bloqueó la visión por un breve instante.
El muro cayó con facilidad.
Pero había cumplido su propósito.
Aprovechando que el simio la había perdido de vista, Haruka volvió a agitar su abanico. Otra ráfaga de viento helado salió disparada a toda velocidad.
El simio del hacha no alcanzó a reaccionar.
El golpe lo impactó de lleno en el costado, haciéndolo perder el equilibrio y caer de rodillas sobre la nieve, soltando un gru?ido lleno de furia y dolor.
Fue entonces cuando el simio del garrote arremetió contra ella.
—Perforar —entonó Haruka con voz firme.
Del suelo, justo frente a ella, emergieron varios carámbanos de hielo, afilados como lanzas.
Ambas anomalías comprendieron al instante que no podían recibir ese ataque de frente.
El simio del garrote, que ya estaba cargando, se lanzó a un lado, rodando por el suelo para esquivarlos por poco. El simio del hacha no tuvo la misma suerte. Aún afectado por el golpe anterior, retrocedió de un salto desesperado, evitando por centímetros ser empalado.
Aun así, los carámbanos alcanzaron a rozarlo.
Cortes profundos se abrieron en sus piernas, arrancándole otro gru?ido áspero, mientras la sangre oscura manchaba la nieve.
Ese era el estilo de lucha de Haruka.
Ataques de largo alcance, precisos y devastadores. No buscaba intercambios directos ni permitir que el enemigo se acercara.
Las anomalías débiles caían con un solo golpe; las más fuertes eran desgastadas poco a poco, acumulando heridas hasta que sus cuerpos ya no podían seguir el ritmo.
Y ese plan estaba funcionando.
Una de las anomalías ya mostraba heridas visibles, y el terreno a su alrededor estaba cubierto de carámbanos afilados que dificultaban sus movimientos, obligándolas a avanzar con cautela.
Haruka volvió a atacar.
—Flechas heladas.
A su alrededor se formaron peque?os carámbanos, delgados y puntiagudos como flechas de hielo. Flotaron por un instante en el aire y, con una leve se?al de su abanico, salieron disparados a toda velocidad.
Los simios reaccionaron de inmediato.
Usaron los árboles del bosque como cobertura, moviéndose entre los troncos para evitar los impactos. El simio del garrote incluso levantó su arma como escudo, desviando varios de los proyectiles mientras, con la otra mano, arrancaba del suelo una roca del tama?o de una pelota de básquet.
La lanzó contra Haruka con una fuerza brutal, la roca atravesó el aire como una bala de ca?ón.
Haruka invocó un muro frente a ella. Esta vez no era nieve compactada, sino hielo sólido. La roca se estrelló contra el muro con un estruendo ensordecedor. Grietas se extendieron por la superficie, pero el muro resistió, deteniendo el impacto por completo.
Sin perder tiempo, Haruka lanzó otra tanda de flechas heladas, esta vez concentrando el ataque en el simio del garrote. Los proyectiles obligaron a la anomalía a retroceder hasta quedar protegida tras el grueso tronco de un árbol… que comenzó a astillarse y romperse bajo los constantes impactos.
Aun así, Haruka no bajó la guardia ni un segundo.
Aunque mantenía la ventaja, la situación no era ideal.
Normalmente, un combate así no representaría un problema para ella. Desde joven había refinado su percepción del éter hasta el punto de poder luchar con los ojos cerrados. No solo percibía el éter a su alrededor, sino también su flujo dentro del cuerpo de sus enemigos, lo que le permitía anticipar cada movimiento y cada ataque.
Pero nada de eso le servía ahora.
La enorme cantidad de éter en el ambiente anulaba su percepción, y la nevada, no dejaba de intensificarse. Haruka solo podía confiar en su vista y su oído… y en un entorno donde la visibilidad disminuía a cada segundo, eso convertía incluso el menor error en algo potencialmente fatal.

